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RUIDOS

 

Abandonó la tranquilidad reparadora de las sábanas y el placer confortable de una buena almohada, la noche anterior le hablaron de un futuro mejor. ¿Quién no desea un futuro mejor?

En consecuencia, había rumiado un sueño de horizontes limpios y paisajes tropicales. Aquí una palmera que se inclina sobre las aguas verdeazuladas, allá un coco caído sobre la suave arena blanca. Por ejemplo.

Y llegó el momento en el que amaneció tal y como estaba previsto desde hacía millones de años.

En principio, no sintió mejores sensaciones. La vida, por definición, se resiste a cualquier cambio. Los pies en las zapatillas calmaron ese conteo de los segundos que el interior de su cabeza llevaba a cabo por costumbre. No aportaba nada. Pero él lo hacía como si fuera un ritual imprescindible para adentrarse en el ritmo interno del mundo.

Luego.

Rascarse el costado ayudaba a tomar conciencia del ser. La mano izquierda girada en el mismo sentido que la línea sobaco-cadera y los dedos en forma de garra, arriba y abajo, una y otra vez. Placer. Todo es un problema entre idealismo y materialismo. Él procuraba no decantarse por ninguno, su padre le habló hace tiempo de las fuerzas antagónicas de la sociedad: «No cometas las mismas tonterías que yo, evita los silencios», le dijo una noche antes de acostarse, tres días después de que su madre desapareciera sin dejar nota alguna. Una nota hubiera bastado. Una nota, mamá. Una nota en la que indicaras cómo se compone un poema o cómo funciona la lavadora, dónde encuentro las sonrisas y los ajos o cuánto tiempo tarda en dorarse un bizcocho. Y mi padre hablaba y hablaba sin parar.

Por cosas como estas es por lo que ella se fue. Estaba completamente seguro. Y este era el motivo principal de reproche entre el padre, su padre, y el hijo, él. Un reproche profundo e insalvable. Un reproche de hijo a padre y de padre a hijo. Tal y como la vida nos enseña continuamente y hasta la saciedad cómo son este tipo de reproches.

Ser hijo tiene bastantes problemas.

Si te han reconocido como tal y te han consignado en un documento oficial es un estigma de por vida. Quizá podrías abandonar la tutela de las extravagancias paternales, pero siempre habría un funcionario que te recordaría quiénes son tus padres administrativos y las deudas contraídas al respecto. Deudas insalvables, casi eternas. Mi madre entendió que en determinado momento tenía que dejar de ser madre y por eso se fue. Las madres están hechas de otra pasta, desconfían de las palabras y buscan otros caminos para hacerse presentes. Mi padre es un bicho autoritario que solo planea venganzas.

Pero el hijo lo quiere. O eso quiere creer. Así funciona todo cariño, instalado a medio camino entre la inseguridad y la indefinición.

Y ya que se ha levantado y ha de esperar en qué acaba todo esto. Dentro de la casa, el baño es un lugar especial, y contradictorio. Está convencido. Estás aislado. Pulcritud e inmundicia conviven a la par. Sonidos amables con sonidos repulsivos. Visiones de altura con visiones envilecidas. Cierras el pestillo y el mundo se alicata de claridad artificial y productos dermatológicos. ¡Un pestillo! Madre mía, qué no puede conseguir un pestillo.

«El descreimiento y el escepticismo se adueñan del mundo, algo hay que hacer», otra de las frases favoritas de mi padre. Siempre al atardecer y con una copa en la mano, disfrutando de oírse, de saberse centro telúrico, centro reproductor. El ruido de los terremotos no es nada comparado con el eco de las palabras grandilocuentes que acuden a la boca de su padre. No hay forma de taparse los oídos. No hay manera de percibir el silencio. Todo es firmamento y trascendencia a su alrededor.

Y también su obsesión por la Biblia. Golpes dialécticos sobre el origen divino del error y la maravillosa providencia. Mi padre es un hombre sin piedad. Viste un traje gris y una camisa blanca inmaculada. A juego, una corbata impersonal de puntos negros sobre un mar gris, propia de un consejo de administración y, para terminar, un sombrero borsalino que solo usa para estar en casa. Camina descalzo, quiere levitar, su cerrazón se lo impide. De Ezequiel a Daniel. De Salomón a Iokanaán. Cuántos diluvios soberbios, cuántas torres arrogantes, cuántos mares divididos. Venga mandamientos, venga maná. Su visión totalitaria refleja su prepotencia natural. Y más ahora que anda obsesionado con las posibilidades de la tecnología y el alcance futuro de la Red.

El dentífrico. Las cerdas artificiales del cepillo. Las gárgaras. El escupitajo sanguinolento. El agua corriendo. El tapón cromado del lavabo. El cierre rígido del desagüe. ¡Todo y todos gritando a la vez!

¡Calla, calla, por favor! ¡Cállate, de una vez!

Y Judas. Y los romanos. Y los fariseos. Y Getsemaní. Y el Vía Crucis. Y el Gólgota. Y Longinos. Y Dimas. Y Gestas. Y la corona de zarcillos. Y la lanza. Y la sábana. Y la tormenta. Y el sepulcro. Y los llantos. Y los tres días. Y los tres días. Y los tres días:

¿En la carne de quién?

¿Para salvar a quién?

¿Quién a quién?

Pero el padre sigue hablando de Redención y Sacrificio. No para de hablar.

Se otorgó a sí mismo esta posibilidad y la utiliza sin decoro y sin pudor. Hasta la destrucción.

Y el hijo, aturdido, piensa que el trecho que va de la palabra ininteligible al ruido devastador no es el espacio adecuado para que se produzcan el tiempo y el movimiento sino un filo cortante sobre el que es fácil deslizarse más allá de la vida. Y piensa en cómo serían sus propios ruidos: necesarios, inevitables: saliendo orgulloso del hogar, caminando libre su propia brújula, adentrándose feliz en la noche, trazando sus propias palabras, intercambiando identidades, dibujando sus días, enloqueciendo de gusto y de placer en las pieles y en los contactos ajenos.

Y despestilla el pestillo. Todos los pestillos.

Y, a continuación, con la mano abierta facilitando la longitud expresiva de sus dedos, y con su antebrazo y su codo efectuando un semigiro continuo, dicta su particular gesto de adiós a las sombras.