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FAST FOOD, MOLLY, FAST FOOD, AMOR MÍO

 

 

Una academia es una academia. Lo diga Platón o el abuelo paterno de Platón. Yo enseño tú enseñas él enseña → a ver quién es el guapo que aprende ←. Objetivo vital tanto como existencial: aumentar el número de alumnos, €  educación y €, luego € y €, y luego €€€, si cien seudoangloparlantes me dan x, ciento veinticinco me darán x más y; si la comida se lleva x de x y el vestido x de x menos x, en consecuencia, x se está comiendo todo x, ergo, necesito urgentemente y. El mundo exige nuestra participación. La publicidad bien ejecutada puede salvarme. Demos pábulo a los deseos que los demás no desean:

LOS NIÑOS QUE NO SABEN INGLÉS SON MÁS INFELICES

El porvenir de tus hijos, not London, speak Dublín

LA SMILE DE TU HIJO ES LA SONRISA DEL SUN

No está mal como comienzo, me siento total. Reticencias en el horizonte. Los adultos se conforman con el inglés comercial: mac burger Apple hollidays on ice on earth on smog. Tarde de diciembre, la luz en su rostro y sus ojos en un brillo, Molly se dejó ir, un beso en el cuello y mi mano enredando costuras entre la falda y la camisa como si los restos arqueológicos que encontrara salvarían la historia de la civilización y habitaran en su entrepierna, allá va, despacio, lenta, hábil, lábil, buscando el fondo frágil donde lo textil se transforma en piel y pelo, temblor y latido.

Hay que marchar.

Leopold abandona el palacio Longoria, el libreto en su poder, el que le ha dado él, el usurpador de pieles ajenas. Mira hacia la mesa donde el conde Almaviva ya no está porque ha ido en busca de su Susana, la de él, mi Molly. Sale a la calle, qué hacer, el cielo es una fortaleza para los sentimientos, cuando caigan en forma de pedrisco, mejor, que no le pillen a él.

Camina en dirección hacia Hortaleza, esa extraña calle-embudo donde los vehículos y los viandantes entran por el lado estrecho y salen por el ancho, el urbanismo nunca ha sido el fuerte de Madrid, ciudad provinciana donde las haya, pueblo grande que llegó hasta la modernidad a base de alcaldes corruptos y especulación inmobiliaria por doquier, viva el casticismo de los botijos y las navajas, el sabor de las bravas y las aceitunas de campo real,  dijo el mesonero de los romanos que ya se dedicaba a ello, a lo de la compraventa de edificios que el asunto no se ha inventado ahora, es tan antiguo como la codicia y el capitalismo, amén de su vena costumbrista de castañera invernal, que lo uno no quita lo otro, literatura y agiotaje, ah, y calle incluida, prolongación de la Victoria, esquina a Gran Vía de teatro por horas y revista musical, letra de Pérez y González y música de Chueca y Valverde, asunto con gracejo o cómo funciona la inversión despreespeculativa; claro que luego esa misma modernidad que nunca envejece entró de la mano de la pizza fast, el arroz tres delicias y el arito de cebolla hamburguesado, eso sí, manteniendo el adoquín como medio para el desgaste de suelas sin zapateros que ya no quedan, que se han ido porque las medias suelas las coloca una máquina que todo lo hace, qué buenas son las máquinas, qué malos los filis que evitan el deslizar, se desgastan con prisa, Teófilo, ama a los zapatos tanto como a dios, así se llamaba el zapatero de mi calle, olores de goma no arábiga, pegamento amarillento de pies a suelos, el tocón para el culo y el cuerpo encorvado sobre los escarpines vueltos del revés, gafas caídas porque ya no veo un carajo, un clavo aquí, otro más allá, ay, que ha traspasado y me rompe el calcetín. Los cambios en este país son aún más extraños que los que no se producen en Irlanda porque la religión y la iglesia católica han puesto un dique en la cabeza de todos los irlandeses, ah, claro, como aquí…

Hambre, hablar de comida, pensar en la comida, hambre.

Delicadezas matritenses, bocadillo de calamares, boquerones en vinagre, morcilla de burgos y pepito de ternera. Quién dijo aquello de que dios, el que no existe, inventó los alimentos y el diablo, el que sí existe, creó a los cocineros, seguramente, alguien que cabalgó una noche ilusionado a participar en una sesión de cena deconstructivista, se dejó la cartera, sin incluir la propina, y salió con más hambre aún, pero ahíto sensorial, hasta la plenitud, porque la comida es un ritual donde la comida importa poco y la estética es la estética, marchando cocina, una de humo de almendras lamé navegando por media endivia al vapor del ártico, visión insuperable que ciega los sentidos, se mire por donde se mire, seguro, viva el hambre que es grito de la parte más retrógrada de este país, la que no pasa hambre pase lo que pase. Viva el imperio de los ácidos grasos poli-mono-insaturados, fórmula química de carbono con vaya usted a saber. El mundo exige nuestra participación. Maldita idea recurrente. Ya, pero cómo. Mi academia se hunde, ese renegamalcido de Stephen Dedalus con su indolencia de artista visionario no hizo caso de mis tiernos alumnos y los dejó al pairo de cualquier viento, delicados como son, infantes e infantinas desvalidos al tránsito maléfico que va del hot al cold, viva la tuberculosis, qué hora es, sin reloj mi vida carece de brújula, será el tiempo del pensamiento o el del agradecimiento, comida suculenta y acción de desgracias, oh, cómo es la vida de urgente, pensar en comer cuando mi amorcito de bragas rojas y labios de seda clitoreidal se prepara al sacrificio de las piernas abiertas y pase usted hasta dentro, es artista y yo no soy nada, mi reino por un papel, si hubiera sido más Ofelia que Molly, si yo hubiera podido comprar los escenarios como los compró el carnicero Lara para su Balbina, la “bombonerita” que le construyó corredera hacia abajo, de rojos y dorados, a la italiana, ¿Don Cándido, cuántos “bombones” pudo usted degustar ahí? Actrices que nos llevan de acá para allá, actrices que han actuado allí, la Membrives, la Bárcena, la Llorente y la Pino, ¿interpretó la Xirgu ahí? No te pierdas. Leopold, ¡la Academia!, Platón del inglés he de convertirme, la Idea antes que la lengua, la Idea que anima todas las lenguas me llevará a sobresalir…

Tropieza con un bolardo, usted perdone, señor, esto me da mal fario, ya no sigo, esta calle es inclemente, por aquí cerca había una librería de teatro, por qué no lo he recordado, así no tendría que haber recibido el óbolo traicionero de manos de él, así no tendría que deberle el texto que a ella le hará caer en sus manos, La Avispa, se llama, y está ahí donde Mejía, el ecuatoriano, se junta con Lequerica, el español, criollo del yo más liberal en el buen sentido de la palabra, Don José, cortes de Cádiz, el que no quiso estar por demás en el mundo, ojalá todos pensáramos así, ¿conocerán su historia los madrileños?, ¿conocerán su historia los españoles?, ¿conocerán su historia los habitantes de su propia calle?, qué desagradecidos somos, flores fueron a las que ha llegado su invierno, no conozco pueblo más olvidadizo que el español, solo recuerda lo que otros le escriben, godos pelayeros, cides peleones, reyescatólicoambiciosucios y que otro descubra las Américas porque el oro ya lo dilapido yo, viva el borbón (eso no lo escribo yo ni aunque me maten), mientras, en las tabernas, vino duro destilado que llaman sangre de la inquisición, alguna máxima para parecer lo que no son: que no me toquen las vírgenes, los santos ni al clero predicador, luego, ya todo rodado, vendrá el cierre de fiesta: que muera la inteligencia, que inventen ellos y que viva la muerte, pose y frase altisonante es lo de por aquí, asesinatos sin culpables y desaparecidos sin tumba, venga, olvidemos que no vamos a estar hablando siempre de lo mismo, algo nuevo, sí, posmoderno, procesiones, bautismos y santos óleos para llevarse de este mundo un buen sabor. La Avispa se “llamaba”, ya no está, sí, estaba aquí mismo, en este local, ya dentro de la calle del evangélico recaudador de impuestos. Viva la muerte, otra vez, qué importa era una librería, y además de teatro, este país está lleno de energúmenos millanastraynescos.

El futuro siempre se tuerce sobre sí mismo.

Sube por san Mateo, el libreto en la mano y el hambre en el estómago, en la cabeza un revuelto de amor con celos, deseo sin bragas que poder quitar y números bamboleantes que son cuenta corriente sin saldo.

El museo del Romanticismo. Qué me cuentan. Qué me dicen. Qué ven mis ojos. Qué piensan mis neuronas. Imposible, si eso en España no existió. Esto es una quimera, una invención. Valle creó el esperpento y un pariente suyo lo hizo realidad en forma de museo. Esto es la Viena que nunca existió, pero que siempre quisieron tener por aquí para ir dándole a las palmas de radeczky el uno de enero, regusto de esa alta burguesía vaga y fondona que derrochaba y dilapidaba mientras los románticos de verdad estaban exiliados por el déspota Fernando número deseado el 7, inútil, vengativo y vengan adjetivos en tropel que el muy borbón los admite todos, en especial los de la peor especie. Entraré por entrar, porque el tiempo, mi tiempo, se consume en la contemplación, porque estoy condenado al vagabundeo y porque el ascensor que contiene a Almaviva ya está llegando a la puerta de nuestra casa y tú vas a abrir tus extremidades al destino que hoy que no es inmaterial, lleva consigo su pene, su dirección de escena y sus ganas de darte un papel si tu cuerpo se mueve bien en el escenario de nuestra cama y tu boca sabe entretenerle, ¿por qué la vida es así?, mira lo que yo miro ahora, ahí está el único cuadro que me gusta de este jardín-salón de cartón piedra, el condenado de blanco, iluminando un cadalso donde lo van a asesinar, auto de fe, como los de calderón y lope, pero aún con más fe, y eso en este país es intolefanatismo y sangre en comunión, Lucas Velázquez lo pinta blanco sobre negro cuando en realidad es negro sobre negro.

Molly, ¿acaso ese soy yo?, ¡ese!, el que va a ser ejecutado, ¿existe mayor ejecución que el perderte?

Te dejo.

Hoy, el narrador se ha colado en mi historia más que yo, no le voy a dar más opciones, me quedo callado en esta sala, solo, sentado, pensando en Erín, mi verde y repudiado paraíso, en aquel feliz y carnoso vivir que nos reunió. El Romanticismo se fue, adiós, que lo lloren los románticos si es que les apetece, yo no lo he sido nunca, pero tengo que decírtelo, te amo, Molly, te amo.

Cuánto me gustaría parecerme a Don Cándido, el carnicero protector de actriz, el teatrero por vísceras de Antón Martín.

El mundo exige nuestra participación.

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 9 de febrero de 2017.)