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UNA VIDA SANA

 

Para ti, prosista desganado, perseverante poemista

 

6.30 a. m.

Suena el despertador. Con ganas. Es lógico, lleva toda la noche esperando su momento. De plano, en toda la oreja. Apropiándose del pabellón auditivo. Da lo mismo que sea manual, electrónico o de última generación. Todos proceden de la misma forma, irrumpen con violencia, al modo de un puñetero taladro que cayera sobre la cabeza para trepanarla. Comprobado, no falla, cuando duermes poco y mal, siempre ladra a destiempo.

Ruido de fondo.

Recuerdos.

Paraísos perdidos.

Imágenes vívidas, espacios habitados, sentimientos prendidos. Ilusión de algo que supuestamente fue mejor. No te puedes acostar con ellos, no descansan, se aplican al runrún de presencias imposibles. Nostalgia de tiempos y añoranza de instantes.

6.32 a. m.

En pie. Hechos constatados: uno, las zapatillas nunca están donde pones los pies y, dos, urge aliviar necesidades relativas a una fisiología no evolucionada. Cuándo se inventará el riñón auto evacuador. Que destile un pasado que se fue, por favor. Filtrar sin sentir. Y la vejiga auto reciclable. Que diluya todo tipo de evocación. Eliminar sin percibir.

Insiste la realidad.

Todos los días a primera hora, delante del inodoro, diálisis de loza blanca, bostezos, rascamientos varios y, de acompañamiento, miradas perdidas con fondo de azulejos mudos, inmutables. Qué decir.

6.36 a. m.

Por un momento, piensas en el olvido. Como posibilidad, como remedio. Quizá sea posible aplicarse a ello como si en ese hacer te fuera la vida. Y, de paso, mientras piensas en ello y vas de vuelta hacia la habitación, pasillo adelante, recoges recetas del tipo: “El antídoto contra la decepción se llama empezar de nuevo”, “Se acabó”, “No camines rápido, no te hace falta, simplemente, no mires hacia atrás”. Las compraste en un bazar de oportunidades, todo a un euro, y ahí siguen, en su original envoltorio.

Si las abrieras, si las aplicaras, entonces, qué quedaría.

6.40 a. m.

Has tropezado, una zapatilla se ha salido, se ha quedado quieta sobre la tarima, como si tuviera vida propia y hubiera decidido no andar más, esperar otros tiempos u otros pies. Ojo con el armario, en su interior habitan sentencias con pretensiones intelectualizadas: “Eres el producto de tu pasado.”, por ejemplo. No hay por donde cogerla. Sin embargo, erre que erre, creando costra. En el tiempo de las legañas prendidas conviven la aspiración a lo sublime, la ropa interior sucia y ese desperezarse sin sentido que mezcla piel muerta con ser y existir. Los minutos se dejan caer. El tiempo avanza repleto de incertidumbres, pero sin novedades. Repetitivo. Un café descafeinado, templado, leche desnatada, templada, y galletas desglutenizadas y desglucosadas sin templar.

6.50 a. m.

El parque antes de. Ejercitando el ejercicio. Avanzando por un camino de arena. A buen ritmo. Combinando pasos con imágenes, combinando obsesiones con atolondramientos. Las amenazas se llaman ─todo tiene un nombre─ asociaciones libres, gratuitas y sin control. Añoranzas y evocaciones por igual. Un persistente olor a romero tiene la culpa, ha desbloqueado resistencias. O un mirlo punteando su amarillo pico antes de emitir su canto sobre las praderas. O los cuchicheos de los gorriones a pie de rama. Todo tan inocente. Todo tan ingenuo. Se desbocan los recuerdos. Muy a tu pesar. Y se lanzan a por ti. Y te gustaría preguntar a alguien cómo inutilizarlos. Y te gustaría pedir ayuda a un tiempo que está por llegar. Pero no haces nada, basta con atenerse a una agenda estricta, un horario prefijado y a una dieta sana que combine alimentos sin saturar y ejercicios saturados. Y sigues. Hay que seguir. Aferrado a un pasado. Hasta finalizar el camino. Cualquier camino. Menos el de la pérdida. Menos el de la inseguridad.

7.30 a. m.

Qué vacíos están los columpios, qué vacíos. Y los toboganes relucientes de galvanizado y soledad. Balancearse. Deslizarse. Caer. Balancearse. Deslizarse. Caer.

7.35 a.m.

La verdad es que si nada dices, no puedes esperar que alguien te comprenda.

7.38 a. m.

Y aun así insistes…  Zancada a zancada. Hasta romper a sudar.

7.50 a. m.

Una ducha.

Ablución.

Limpieza momentánea.

Nunca purificación.

Nunca olvido.

8.00 a. m.

La calle extiende una vista amplia de posibilidades por construir. Las escaleras marcan el descenso hacia la normal normalidad. Un autobús abre y cierra sus puertas hidráulicas de imperfección. Te tragan. Aceras, andenes, gente. Te mezclas. Calles, aceras y más gente. El trayecto acabará allí donde otra puerta se cierre a tus espaldas.

Al final.

Horas flexibles marcadas por contratos rígidos.

(…)

Sopa fría de pepino. Ensalada verde con guarnición de arroz integral. Pechuga de pavo con setas al vapor. Pera.

(…)

Placentero laborar, crispación bendita. El presente conjuga verbos artificiales, de esos de usar y tirar, y como, además, está de promoción, hora tras hora, va repartiendo palabras envasadas al vacío, la mayoría de ellas, de significado intercambiable, superficial. Bendito laborar, placentera crispación.

(…)

¿Podrías hacer algo?

(…)

Camino de vuelta. Los mismos andenes, las mismas calles, los mismos asientos gastados. Una música de otro tiempo dulcifica y atenúa la incipiente parálisis. Poco a poco, retorna la plácida añoranza. El refugio fácil, los puertos cómodos.

Consuelo a su manera.

(…)

Zanahoria hervida. Pan de centeno. Salmón a la plancha. Yogur.

(…)

11.25 p. m.

¡Una vida sana!