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VOCES / #Joyce-Ulises

 

 

Avanzaba por la acera como quien lleva consigo una carga excesiva, un peso añadido que era algo más que la proyección de su cuerpo, se trataba de algo inmaterial instalado entre sus neuronas, ocupando espacios y dictando tiempos; se cruzaba con la gente sin percibirla, avanzaba mecánicamente y ellos se apartaban para evitar el choque, modificaban su trayectoria, le increpaban con la mirada, le insultaban con el gesto.

Él no les hacía caso.

Él solo sabía caminar.

Él amasaba obsesión tras obsesión.

«Poldy, mi amor», le dijo ella hace mucho tiempo ya, aquella tarde en la que se pensaron solo a través de la piel y de los sexos; «Poldy, mi amor», le había repetido ella esta misma mañana de este día en que los dos sabían lo que iba a pasar solo desde sus cabezas sin sexo.

Pero por qué decirlo; si él no lo hace por qué hemos de hacerlo nosotros.

Niebla. Espesa niebla. Bruma. ¿Existe el amor o es una pura entelequia?, ¿es engaño de nuestra cabeza o una creación distorsionada de los sentidos?, ¿simple necesidad de las palabras y de los nombres que se otorgan gratuitamente o vacío que los encierra al pronunciarlos?: «Molly, ¿nos amamos tú y yo alguna vez?, espera, no me contestes, te propongo algo mejor, hagamos el amor, unamos nuestros cuerpos sin mesura, conjuremos la idealización fácil de una relación cansada y neguemos la quimérica proyección de nuestra capacidad para engañarnos con ideas superiores». Pero quién es este que habla, seguro que no soy yo, ¿será el fantasma de Stephen que asoma por entre las almenas de mi cerebro?, yo hubiera dicho, follemos, yo pensaría tu coño, yo abriría tus labios y besaría tu fruta fresca hasta secarla. La diferencia entre el mono y el hombre es que el mono coge el plátano y se lo come, el hombre, sin embargo, piensa el plátano como ente posible, lo coge y, por último, lo come o lo deposita displicente sobre la mesa a la espera de un hambre sin reflexión. Si existe el verbo amar es porque se puede recrear y practicar; si existe el sustantivo amor es porque se puede identificar con el sustantivo sexo; si puedo ser follante en el participio más activo es porque puedo ser follado en el participio más pasivo. Stephen no se ha ido, o si se ha ido lo ha hecho para volver cuando quiera e instalarse gozoso en la muralla de mis ojos y hacerse visible sin contraseña delante de toda mi guardia, y yo, mientras tanto, a la espera de Fortimbrás el noruego, ese que va provisto de cuernos vikingos para prestar y en busca de un Valhalla que no se sabe muy bien dónde está; Dedalus es mi conciencia vitalista, cuando yo ejercito  el conformismo, la aceptación impertérrita de mi destino, él se me presenta de inmediato para decirme que la resignación es categoría de lo cristiano tal y como lo es la fe, palabra preferida de curas, sacerdotes, frailes y de toda la curia, reclaman beligerantes la fe que no pone en duda y exigen la resignación misericordiosa para aceptar sumisamente los designios superiores, más allá incluido, en realidad, para no mandarlos al paseo de la basura, allí en el barrio de la inmundicia, oremus, y luego mi querido Stephen me contaría cómo le llevaron toda la infancia detrás de un padrenuestro y a través de un avemaría, y cómo le encerraron en el mantra idiotizante de un credoquecreeendioscreador, mandamientos por aquí, pecados capitales por allá, retiros, ejercicios espirituales, ignaciojavier javierignacio. Stephen, mi amado hijo putativo, no vuelvas, ni a Irlanda ni aquí, quédate en la gala plácida y piérdete en pos de la creación, eres artista y necesitas de ese exceso de voluntad orática que te permita ahogarte en tu propio vómito visionario, digerirlo y devolverlo en forma de novela que luego ha de ser deglutida por un lector que se intelectualiza en la medida que se despersonaliza. Poesía antropófaga. Novela carnívora y salvaje.

Lo recuerdo.

Me acuerdo.

Lo rememoro.

Stephen en París me sigue dando la lata aquí en Madrid. Él es mi fantasma. Cómo era aquella teoría boscosa que pergeñaste sobre William y su hijo, el nacido de entre las piernas de Ana y el parido de entre las plumas del teatrador teatrero teatrante Shakespeare. Padre e hijo que son sin ser porque no fueron más que productos de la literatura, el uno y el otro, el dios creador y el hijo sacrificado, todo literatura. Sigo en tus hipótesis: Segunda cama de la Hathaway que era habitada por el segundo hermano de Guillermo. Infidelidad, vuelves una y otra vez hasta mí. Complejidades de la vida que atentan contra el mundo. Stephen tú no eres el hijo atribulado nacido de su mente todopoderosa y desplegada en forma de Hamlet-asesino de profesores de inglés para niños no-ingleses ─porque todo Hamlet que se precie lleva algo de asesino consigo, ¿llevamos todos algo de asesino que no nos atrevemos a reconocer?─, sería bueno que Ofelia no se hubiera mostrado tan mística, sabríamos algo más, monja de las aguas y sor de los charcos, allí tendida como la pintó John Everett Millais, flores y agua, flotando sobre la muerte o navegando por encima de ella, sin barca y sin óbolo, Caronte al paro. Oh, bardo inmortal, nacido de una vagina mortal, por qué te empeñas en no dejarme en paz, ¿acaso quieres que rocíe veneno en la oreja de Almaviva y automáticamente se convierta en tu padre más Claudio que un ciruelo?, yo lo prefiero, descansaría, así te tendrías que presentar ante él como reo de tus culpas, juzgado y condenado por mano que no es de hombre sino por un juez que es algo más que todo eso y que está por encima de los demás, crucifijo antes que código, fanatismo antes que interpretación, prejuicio antes que mente abierta, ¡Justicia que penas tus penas por entre la realidad!, ¡Iustitia pisoteada y profanada!, ¡Justicia sin venda y sin balanza!, en esta España que es de pandereta y de mantilla no están los tiempos para esperar justicia, líbrate del mal como si oraras aún, como si lo hicieras antes de masturbarte en tu cama de blanca sábana e impoluto semen. Escribe, hijo mío, que nunca lo fuiste. No descanses porque el descanso es concesión gratuita a la muerte. Cuenta, si te parece bien, la vida apretada en dieciocho horas de un judío que únicamente trató de ser bondadoso en la misma medida que se perdió en las ganas de amar, ahora puedo decírtelo, porque descubrió que Amor es palabra para perderse sin medida.

Siguió andando.

Tropezó.

Se cayó.

Volvieron a reírse de él.

Se levantó. Miró hacia el mundo que es una forma tan válida como otra cualquiera de intentar verse reflejado en él. Quiso llorar. No lo hizo. Quedaban muy pocas lágrimas en su lagrimal. Se sacudió la ropa. La gente se fue marchando detrás de sus inquisidores comentarios. Son españoles, yo no lo soy, no quiero serlo. Juran banderas por lo civil y tienen santos por lo militar. Adoradores de la violencia y de la muerte. Irracionales como un devocionario católico apostólico y romano. Pensó en sus posibilidades. Necesitaba, necesitamos de la gente, de los nuestros, de los iguales en la diversidad y en la discrepancia. Dónde ir, dónde marchar. Siempre son cuatro las direcciones: norte, este, oeste y sur. Una calle le llamaba, otra le rechazaba, un callejón le excitaba, una avenida le cegaba. Tiempos de Claudio, Polonio y Gertrudis. Adiós Yorick, “el destino me llama”.

¿Cuándo se pierde el sentido de la realidad?

¿Cuándo los fantasmas están más vivos que aquello que te rodea?

¿Cuándo?

Simples desvaríos. La ingesta de una porción de extremidad porcina entregada durante dieciocho meses al clima de Teruel y a la sal acabaría con todo extravío.

 

Vale

 

 

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 9 de marzo de 2017.)

 

ANIVERSARIO. ANIPROSARIO / #jamesjoyce #johnberger

 

 

Desayuno, almuerzo, comida, merienda, cena. Poco a poco. Primero es lo primero. Si lees el periódico corres el peligro de saber, sesgado, manipulado, pero saber. Leopold, sentado sobre un taburete de la cocina, bebe el té de las páginas escritas mientras lee las noticias de la taza sorbida, qué le llegará, qué le llegará, intereses, deuda, crisis, peligros etiquetados, trumpasandeces, onomásticas, efémerides, conmemoraciones, muertos que se rebelan a la condena del Addio terra addio cielo. ¡76 años! Pues sí que se ha conservado bien. Cara fina gafitas redondas bigote recortado. Así que hoy, trece de enero, hace 76 años. Aggg, filtros nuevos, por favor, Molly, filtros nuevos, té con posos no es té. Escribiste el día con más horas de la literatura. Me condenaste a la noche eterna. Quién lo iba a decir. Valiente embaucador. Una palabra, una flauta. Una serpiente, un lector. O’Rourke, O’Connors, O’Reilly, cualquiera de los O’, pónganme una pinta más de frases dislocadas, no hay límite, el título de “Doctor en Ebriedad” está al alcance de todos, democracia avanzada del saber. Incauto lector, tú pones ojos yo pongo el delirio, pensó el que hoy cumple 76 años del inicio de su gusaneo vagabundo. Dublín se hizo pequeño, se contrajo y se contrajo como la espalda de un estibador. Irlanda, aún más. ¿Fue una buena idea abrir la academia de inglés en Madrid? Maldito jovenzuelo artista, me has dejado con el culo al aire: Stephen y sus ansias de procrear palabras follando ojos incautos. Qué términos son esos, Leopold, usted es el director, debe cuidar cómo expresarse, los alumnos son los alumnos y de todo se impregnan, arcilla roja que botijo será. Me ha dejado colgado. Al final voy a tener que ir yo con la vara del To: to be, to have; to, tó; tororó, tó. Tranquilo, vigila tu nivel de ansiedad, no vayas tan deprisa, todo se arreglará, otro estudiantillo irlandés, galés o escocés está rellenando en estos momentos los papeles de ingreso en el cielo de lo laboral y se dejará caer desde allí para alumbrarnos de Shakespeare concentrado: «Te vi o no te vi». Llegarán los alumnos como las oscuras golondrinas, niños sin niñas, infantas con infanzones, adultos con adúlteras, five-day: mon, tues, wednes, thurs, fri… Fri-fri-fri cantaba el gri-gri de tus bragas, fri fri fri, repetía bloom-bloom, la cosita de mi pantalón, fri fri fri, un claro día te lo pedí, fri fri fri entre las sábanas lo comí. Me fui de Irlanda por tu culpa, no pienses que voy a festejar tu septuagésimo sexto año, me miraban con odio, me hablaban con desdén, me mortificaban con comentarios velados, qué tal molly, cuántas veces va blazes a su casa, será difícil aprenderse una canción acostados, cantar con la boca llena es complicado, jijijí, jojojó:

Mary, ten cuidado

Cuatro calles son.

Mary, ten cuidado

Cuatro calles y un amor.

Mary,

Mi cerveza,

Mary,

tu flor…

Setenta y seis. Uno tras otro. Todos seguidos, Sin descanso. Día a día. Sin saltarme ninguno, siempre, ese mismo recorrido disparatado. Sísifo, me llamo. Piedra que sube hasta la cima, piedra que rueda y vuelta a empezar. Otros trescientos sesenta y cinco por delante, a la espera de la variación bisiesta y uno más…

─¡Poldy!

La dulce cachonda me llama, eso no es lo peor, tampoco lo mejor, yo iré, me agacharé, me restregaré contra su ropa, a sus pies, a sus deseos, a su capricho. Por qué no.

─Poldy, qué hora es.

─La hora de la confusión, de la pérdida y de la ingestión.

─No entiendo nada de lo que dices. ¿No me habrás hecho té? No, claro que no, tú me conoces, un café, un suizo tierno y dos rebanadas tostadas de pan vienés.

«A la orden de usted, señora esposa, hija de militar, yo le daré lo que su cuerpo pida, usted verbalice y será servida», piensa o cree que piensa su cabeza.

Sin más, se da la vuelta, el pasillo espera su llegada, presto para deglutirlo, sabiduría de intestino, lógica digestiva, al poco, lo cagará por el recibidor, directo hasta la cocina y ya estará en disposición de pensar. Catábasis, pura catábasis. Ahueca el periódico buscando la compensación, lo dobla y lo abandona a su silencio, él, mientras, se escapa entre los platos sucios del fregadero, los trapos secos para secar y el fuego rojo sobre fondo negro de inducción, leche, café, cuchillo, mantequilla, mermelada, plato para taza, plato para manduca. Catábasis.

─Tienes que acercarte hasta la calle Fernando VI, Leopold. Seguro que se te había olvidado.

Voz fina sobre lengua suave, partitura de soprano sobre melodía de tiple, Grases sobre Riera, modernismo Longoria, palacio de autores, allí estará, puntual como un español, doce sin punto, hora de recoger.

─No te preocupes, Molly; cuida tu garganta, esposa; no fuerces la voz, mujer; lo que sea por ser estará en tu poder.

─No des portazo, cierra con cuidado, acércame el móvil antes de irte.

Un momento de retrete para retratar mis miedos y mi obsesión. No voy a dar portazo, yunque, me deslizaré suavemente, martillo, cerraré con cuidado, estribo, el móvil para qué, caracol. Si te llama qué te dirá, qué te susurrará al oído que te hará reír y desear: su voz abrirá tu tímpano y llegará hasta la trompa de tu Falopio escondido, adiós Eustaquio, hoy, no me interesas, y te acariciará hasta estremecerte, bragas de raso que yo te regalé, bragas que llevas puestas hoy, ahí, en el fondo más ajustado de tus piernas, más arriba de tus muslos abiertos, rojas, de encaje, un encaje que me impide encajar, oh, Molly, y luego de que él te abra la bata con su voz de teléfono deseoso,  tú apostarás tu cuerpo sobre el sillón, dulce manzana, interior de horno, auricular que abrasa, mano que acompaña, oh, Molly, me voy Molly, me voy del todo. Recogeré tu partitura.

Ascensores. Ascensor.

Del cielo al sótano, seis pisos y una entreplanta. Parada en el cuarto. Qué mala pata. No se puede tener prisa. Aparece Don Segismundo, español por parte de padre y de madre. Cuatro pisos se convertirán en una eternidad. Cuatro pisos como cuatro actos, maldita condena calderoniana sin sueño al dormir, eso no es vida.

─Buenos días ─ha dicho él.

Viene con ganas de hablar. Carezco de defensas.

─Buenos días ─contesto yo.

─Hacía mucho tiempo que no lo veía, ustedes los ingleses cómo son.

Irlandés, irlandés. La repetición no causa el efecto deseado, tendré que insistir. Más cómo serán los ingleses, eso es algo por ver y entender. Por mí que les den lo que les tengan que dar, únicamente dar gracias por don Guillermo y su teatral palabra, él y unos pocos y pocas más.

─Soy irlandés.

─Ah, bueno, sí, da lo mismo, ya sabe usted, la lengua une lo que las fronteras separan, hamlets hay por todos los lados, por cierto, guárdeme usted un sitio para mi hijo, unas cuantas clases serán suficientes, es muy espabilado, este verano lo enviaremos a Edimburgo y queremos que refuerce algunas cosillas, pocas, más que nada no se nos vaya a perder.

─Cuando quiera. Nivel superior, claro está.

─Sabe y no sabe, él dice que sí, tampoco es cuestión de ponerle en un brete al chaval, usted le moldea para que se pueda desenvolver, que para eso somos vecinos.

Elementary: Yes, name, country, girl, boy, si es que siquiera eso sabe. Que lo mande hasta mis fauces, yo lo cagaré.

─Hace mucho que no se pasa por el Círculo, hoy mismo hay una conferencia muy interesante sobre un compatriota suyo que falleció el día 2.

Catábasis. Nueva catábasis. Vecino, please, vengo del cielo, cállese.

─No tengo mucho tiempo, esa es la verdad, la Academia, los ensayos de mi mujer, si puedo, me pasaré, ¿cómo ha dicho que se llama mi compatriota?

─Creo que John; sí, John Berger.

Otra vez inglés por irlandés. Se trastoca la nacionalidad como se trastoca el piso elegido para vivir. Ya llegamos. La calle, por fin. Descanse de su paz, querido Segismundo, encuentre usted a su Rosaura y a su hipógrifo violento. Yo camino la acera. Tiempo para ti, John. John Berger. Pensaré en ti, aunque, como comprenderás, todo lo que se puede pensar desde el dolor que llega en el espacio de cuatro pisos. Amigo mío. Compañero de letras y escrituras. Lecturas plenas, sentimientos serenos. Europa es un mundo. Qué te ha matado, ¿la edad o el brexit? Hoy te dedico mis pensamientos, pero sabes que te abandonaré pronto porque la vida es olvido. Y qué queda de nosotros. Qué queda. Nada. Camino de la resurrección. Descenso a los infiernos. El metro. Destino Alonso Martínez. Ahí está la boca que huele a todo, ascienden y descienden los olores porque eso somos y eso desprendemos. Fuegos fatuos. Beatriz Galindo, es la propietaria. Cinco estaciones nada más. John, nunca es tiempo para morir. Nunca. Qué pensarías de mí, cornudo y caminando por y a través de la infidelidad. Yo también tuve a mi Martha epistolar. ¿Es eso también infidelidad? Un andén. Cuánta gente cabe en un andén. Cinco de fondo, medio metro, cuarenta metros, cuatrocientas personas, aquí hay más, lo dejo pasar o no lo dejo pasar, si solo bajan setenta, más o menos, y ya viene lleno, dónde caben las otra trescientas treinta. La materia, la masa, el peso específico y su relatividad. El próximo irá peor, no me tenía que haber quedado aquí. Mirar. Puerca tierra. Este de al lado tiene un piercing. Molly, ponte un anillo metálico donde más me gusta, yo me lo pondré donde más te gusta, choquemos los círculos, busquemos el sonido de la fricción, ¿se engancharán? Podría preguntárselo. Molly, lo tenemos que probar. Me mira, se está mosqueando, vamos tan apretados, su aro me hipnotiza como tu pezón, lo que se eriza, lo que se prende, ahí justo, enhiesto, duro, redondo, metálico. Mi estación. Aire que ya no es aire por culpa de los nitrosos. Bárbara de Braganza, madre mía cuántas aes, sonido a bóveda, sotana y consagración.

Longoria. Mi destino. Mi dilema.

Todos hablan por teléfono. ¿Quién lo hará con Molly? ¿Quién estará intentando que su rojo caiga a plomo hasta desaparecer? Si recojo la partitura de las bodas de amor, quién interpretará a ese conde Almaviva que quiere hacerse con mi Susana. Lo mejor sería no entrar, no facilitar el encuentro de ambos, ¿qué Rosina vendrá en mi ayuda?, ninguna, de eso estoy seguro, sería mejor marcharme con una excusa nimia, no estaba, no la han dejado, la han perdido, otro día será.

¿Qué hacer?

¿Qué harías tú, John? Libertad o Fidelidad. Tenerla o perderla. Amarla o ¡amarla!

Catábasis.

Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos

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(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 12 de enero de 2017.)

VIENTO DEL ARENAL

 

Potencias del alma. Memoria. Entendimiento. Voluntad. Si recuerdo lo que sé quiero lo que deseo. Adiós escuela, adiós lenguaje, adiós repetición. Los rostros de los alumnos terminan por deprimirme en la misma medida que los compadezco porque los comprendo. Aristóteles camina por las calles empedradas de Atenas, el Liceo se recorta contra las murallas. Peripatos peripatos peripatos. Teofrasto, Estratón y Licón. El vino de Lesbos es más agradable que el de Rodas. El lavador de paños, ese será el elegido, elocuencia y elegancia en el lenguaje, el tercero de entre ellos acabará con todo, la causa eficiente se perderá. Hay gente por todos los lados, la calle Arenal hormiguea sus adoquines con su presencia continua, dónde estará el hormiguero, ¿línea 1, 2 o 3?, de dónde saldrán. Se han impuesto las comidas fraternales de cordero asado fraternalmente, cebolla acaramelada fraternal y delicias de la tierra aún más fraternales si cabe, rencillas e intrigas, olvidadas para la ocasión, pongamos rumbo hacia la ternura y el cariño gratuito, el año se acaba, otro nuevo y distinto vendrá, muac muac. La mañana del día 24 de diciembre mi madre se levantaba pronto, muy pronto, sobre las 5.30, colocaba el hule de plástico sobre la mesa del comedor e iba poniendo encima bandejas variadas, polvorones, mazapán, turrón del duro, del blando, guirlache, mantecados, alfajores y aquella fruta escarchada que todos los años sobraba pero que todos los años se compraba, dos o tres botellas de anís dulce, vasos como dedales para nosotros y medianos para el resto, café a discreción, y a esperar; a eso de las 6 y cuarto llegaban mis tíos, primas y primos incluidos, caras de sueño y besos repartidos, luego, poco a poco, nuestros vecinos con sus hijos, tirón cariñoso de pelo incluido, y más tarde los empleados de mi padre, colleja con más o menos efusión, y mi padre a mi madre, saca más sillas y más botellas que no hay para todos, a los niños unas palomitas de anís que así aprenden, barullo de pequeños y ruido de mayores, bandejas vacías y voces que van subiendo el tono a medida que los grados de alcohol atizan el alambique del riego sanguíneo, y la lotería que ná, y que seguimos siendo pobres, y este año, ¡cabrito!, la casa por la ventana, y tú ten cuidado con las curdas que los andamios se mueven, y a mí que más me da, total, esto no es vivir, y nuevos besos, y nuevos tirones de pelo y nuevas collejas, estas con más intención, son casi las 9, hay que acabar que llegamos tarde a trabajar o al siguiente bar o a la siguiente casa donde habite Baco y donde los geranios se rieguen con chinchón, del mono, castellana o mariebrizard. Alguien me empuja, un peripatético despistado de belenes y pastores acudiendo hacia el portal de portero automático y vaca con ordeño industrializado, sí, suba, usted, por ahí, Hileras hacia arriba y al poco encontrará la plaza más Mayor, luces y sonrisas a punto de una depresión cíclica y repetida. Madrid es un pueblo irlandés grande donde se guarda una proporción exacta entre iglesias y bares, curas y borrachos, homilías y aceitunas de aperitivo, una ciudad de ira contenida y apariencia formal, lo que no eres eso es lo que tiene que parecer, un poco de museo y colas serpentinas de visitas instructivas, desaparecieron los cafés con suizos y las tabernas de chatos, llegaron los bancos automáticos, el vermut en franquicia y las tiendas de moda de usar y tirar, en algunos callejones el éxtasis y el diseño te actualizan lo posible sin que te muevas del sitio, porteros ineluctables bajo pórticos sin liceo dispensan el derecho de admisión como si sus puertas dieran acceso directo al cielo, al infierno o juntos a los dos. Un extranjero en tu propia ciudad, un extranjero en el mundo. Sin murallas, sin fosos, sin pontones, ¡sin salida! La realidad convertida en una manzana mordida, la carne de ternera avileña saboreada en una app aplicación aplicativa aplicada y la soledad de un irlandés animista que entabla conversación con los objetos, los animales y los árboles. Tasa de alcohol en sangre por debajo de 0.3 gramos por litro en sangre y 0.15 miligramos por litro en aire expirado, usted no puede caminar por la calle, está lúcido, racionalmente es un peligro para la población, no le ponemos multa, pero métase en el primer bar que encuentre y hágase el favor de aumentar la tasa que si no terminará por pensar. Mi madre recogía todo como si el destino la hubiera colocado allí solo para eso, y contra el destino no era posible comentario alguno que hacer, solo una queja, la ensalada con escarola, en esta época no hay lechuga y, anda, cállate ya. El destino no lleva una bata de cola, tampoco sotana, guerrera militar o traje gris de pelo cortado al uno y acciones de gomina capilar, no, el destino está apostado en las esquinas, tendido en las aceras y respirando el vaho que sale de las alcantarillas porque el aire cuanto más enrarecido, mejor. Tengo que hablar con Bloom, me acercaré hasta su casa. Sé lo que sé, lo que he aprendido y se me ha olvidado, lo que aprendo y no entiendo y lo que no quiero aprender porque no merece la pena aprender. Cuánto tiempo llevo aquí, cuánto tiempo se puede aguantar en el mismo sitio sin cambiar. El saber no te garantiza una buena decisión, ni siquiera te facilita que la tomes. Cantaban todos. A la mesa, unas treinta personas, la cena de la noche buena estaba abierta a todo el que nos conociera, en realidad, que conociera a mi padre, los gremios, todos, representados a su alrededor, albañiles, escayolistas, soladores, carpinteros, ferrallistas, fontaneros, electricistas, cada silla era un oficio y cada vaso un trago distinto, las cajas de sidra las subían los aprendices y el vino los oficiales, el maestro, mi padre, ceremoniaba el reparto de alcoholes con justicia y, sotto voce, entre todos jugaban a recordar la última bandera, aquella en la que alguno perdió la vergüenza y terminó desnudo en Guadalajara sin que se sepa todavía cómo ocurrió. Tendría que ir por las cavas, de san miguel a la baja y de allí hasta la alta, Leopold y Molly abrazados en su sillón, abrazados al abrazo de un no te quiero pero no quiero quedarme solo-sola, porque entonces qué haría yo. Un abrazo recurrente, pero acaso no es eso la vida, algo recurrente. No lo sabe, como tampoco sabe qué hacer, porque es más lo que desconocemos, mucho más. Era un fontanero, un buen fontanero, de los de caja de cuero a la espalda y soldador de gasolina en la mano derecha, llevaba la tristeza guardada entre el plomo y el estaño, por eso soldaba tan bien, un atranco continuo de bajadas obturadas por un desengaño de amores muy antiguo y una terraja de media pulgada enroscada en los finales de los nervios templando su lengua para que no dijera nada, pero aquel día tomó una decisión que se demostró errónea, cambió de destino, dejó valdepeñas que siempre había sido el suyo y se fue hasta la rioja por descubrir la vida en el sabor, se levantó tieso y mudo como una botella vacía y se fue hasta el váter, se encerró, nadie se hubiera dado cuenta pero en una noche de fiesta si hay un sitio necesario ese es el váter, tardaba, alguien dijo, se ha subido a la ventana, se quiere tirar, los niños a la terraza, las mujeres que hablen con él y los hombres a beber, mi padre, sabiduría en mano dijo, ¡dadle una copa de coñac!, y ahí acabó todo porque si alguien tarda en conocer de cerca el paraíso ya no lo conocerá hasta que el paraíso llegue hasta él, cuando salió solo dijo que saber para no comprender era una inutilidad, cállate y no digas gilipolleces, vente para acá, todos los fontaneros acabáis igual, vomitar la vida suele ayudar a vivirla, el suelo era una piscina agria. Se ha levantado viento, la lluvia es tan sesgada como sus pensamientos, viento del arenal, no voy a tu casa Leopold, lo he decidido, no sirvo para enseñar inglés a quien no sabe hablar castellano, no sirvo para enseñar inglés porque ni siquiera sé pensarlo, y se emboza en la capucha de su chaqueta polar impermeable porque ha tomado una decisión definitiva, ha desplegado su voluntad en busca de un deseo, voy a escribir, Leopold, voy a escribir todo lo que ocurre en dieciocho horas de la vida de un ser anodino en una ciudad anodina y esa será mi anodina tarea durante los próximos años, es mi voluntad entregada a la representación de mi mundo, eso sí, mándame la liquidación a mi dirección de París, sabes cuál es, nos veremos, estoy seguro, un beso para los dos.

El viento arrecia y una bolsa de plástico carente de voluntad viene a chocar contra él, se le pega por completo, le tapa la cara y le hace trastabillar, la gente se ríe y se ríe, y él los oye reírse de él, los oye, los oye…

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 15 de diciembre de 2016)

PALABRAS COMO LÁGRIMAS

I’m Spanish

─I’m from Madrid

─I’m 30

La clase caminaba directa hacia una clonación de sí misma en las voces corales de los alumnos repitiendo frases una y otra vez, en unos con cara de esfuerzo incomprendido, y en otros, por el contrario, con un rostro que parecía decir que sabían mucho más que cuando habían entrado en el aula una hora antes. La lengua inglesa se había apoderado de la estancia en la misma medida que Stephen vocalizaba teatralmente la pronunciación continua del verbo ovejero to be. Bises incesantes. Estribillos cansinos. El desaliento derivado de la inutilidad le llevó hacia la tecnología enlatada, todo más fácil, todo más llevadero, un vídeo programado, y el vídeo, solución ejemplar, mansamente, llevó a los alumnos hasta la boca perfecta de un inglés perfecto. Nadie sabía nada salvo que era español, que vivía en Madrid y que tenía los años suficientes como para entender que el inglés como lengua era puro colonialismo.

Stephen se acercó hasta la ventana como si tras ella hubiera algo por entender, miraba la calle Vergara como el que estudia un resto arqueológico, edad, huellas significativas, sedimentos añadidos, tipo de sociedad, uso y función. Nada. Un silencio otoñal despreocupado estaba regando sus aceras y la calle no entendía por qué tendría que responder. Un poco más allá, jardines cuadriculados de palacio, el mismo silencio, pero este naciendo en la mirada pétrea de eminentes godos, bestias pardas, representantes de una fuerza bruta que nos invadió y se repite siglo a siglo porque algo quedó en el gen, más muertos que vivos, procedentes todos de mi memoria infantil, Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico I, Turismundo…

My name is

My name is

My name is

El vídeo, prodigio de la tecnología, se acababa de rallar a base de rayas imperceptibles pero reales, las voces eran nombres y los nombres de tanto repetirlos no aportaban nada. Botón, rewind play, maravillas de la lengua, el inglés desplegando su arrogancia y su preeminencia una y otra vez.

I’m tired

I’m angry

Torre Martello. Capítulo primero del libro de Stephen y no del que escribió Joyce. Mulligan preparándose para ir en busca de la noche como el que va en busca del tiempo perdido, su gabán amplio de segunda mano y su bombín fuera de época le darán ese aspecto extravagante que él pretende, Dublín a sus pies por la apariencia terminará totalmente entregado a su elocuencia. Pero él no está allí. ¿Por qué me fui? La opresión en el pecho es razón médica nada más, la angustia que nace de la mediocridad que te rodea, razón existencial, y el hastío ante el fanatismo y la incultura, religión más estulticia, simple aprensión de espíritus débiles. Las sombras de la calle seguían mudas, pero qué se podía esperar de las sombras. Nada. La ventana le otorgó más posibilidades a su pensamiento, irse, caminar, volar, sorprender, atender, descubrir, detenerse, caer. Y cayó. La geografía de una ciudad se puede resumir en cuatro o cinco postales, y en una de ellas detuvo su mirada, la casa-no vivienda de los borbones generados en Francia, degenerados en Madrid, versión ilustrada, breve, vía Italia, un piso de cientos de habitaciones que miran al todo Madrid, jardines aristócratas de Sabattini, plaza diplomática de la armería, campo del moro en patera, carabancheles que fueron obreros y la ópera que no opera nada, otra vez los nombres, Felipe, Carlos, Fernando, Alfonso e Isabel, repetición hereditaria de la tara promiscua y de la inutilidad, mi profesor de historia me puso un diez y el peso de mi familia republicana cayó sobre mi cabeza imberbe como si hubiera cometido un delito culposo.

Cuántas historias encierra un cristal, Stephen respiraba vaho y el cristal le devolvía manchas. Su historia. No pude aguantar más, Irlanda se me caía de la boca como un idioma que te traiciona porque no te aporta nuevas palabras. san patricio san columbano santa brígida de kildare san lorenzo o’toole. La tradición sobre los hombros como una coraza que no quieres y te obliga a ir recto, eso es el bien, y malvado de ti si abominas de ella, algún arcángel acudirá, los hay de todo tipo, justos, protectores, resucitados y vengadores, generales de un ejército antiguo entregado a la noche y al mensaje cuando menos te lo esperas. Un escalofrío sin frío puede resumirlo todo. La calle Vergara se va con espartero, el general, y dice que no quiere ser carlista, allí, al fondo, la escuela de música la reclama, tiempo de zarzuela, tachán y tachán.

Se apartó de la ventana porque ella, sin venir a cuento, se refugió en un silencio liso y translúcido y a él no le quedó otra que pasear su figura de magister cum laude entre sus discipulus sine laude, ¿corregir su errada dicción o no corregirla?, si se tratara de gaélico, seguro que sí, pero ¡el inglés!, Shakespeare, siempre atento, le envía un mensaje de bruja escocesa acechando un primer acto, él se arrepiente, los mira con detenimiento y les pide que escuchen el inglés perfecto porque ellos son imperfectos y ese es el verdadero camino hacia las alturas, y ahí está la verdadera aspiración, y porque, en definitiva, ahí se encuentra la trascendencia de un idioma, en su pronunciación, angry hungry ham hang, gesticula, coloca los labios tal y como las vocales demandan y las consonantes prefieren, los alumnos imitan a los monos y se rascan la lengua sobre el sobaco si acaso llegaran hasta él. Desiste. Lo ha intentado como intentó ser irlandés en Irlanda hasta que se convenció de que tenía que salir cuanto antes porque la metafísica del Atlántico Norte le estaba llenando de brumas y necesitaba la calidez de un sol que alimentara su tendencia natural hacia la claridad que sabe que anida entre los luminosos gusanos de su cabeza, le gustaban más lo epítetos clásicos que los adjetivos con tendencia a la grandilocuencia, Homero más que la otan. ¿Es la repetición de la Historia?, ¿llegará el fascismo que todo lo fusila y todo lo gasea?, ¿estamos ya en él? Aquí tampoco ha encontrado su luminosa luz, tendría que irse de nuevo, pero dónde va un espíritu tan mal avenido con su tiempo como él, qué lugar puede acoger la insatisfacción y el asco. isabel dos palitos se rodeó de  tantos amantes que los hermanos Bécquer, Valeriano y Gustavo, acuarelaron 89 veces su depravación antes de que se inventaran las revistas de viñetas y sátira dibujada, alfonso trece palitos creó un marquesado específico, el de la bastardía para adjudicárselo a perpetuidad, juan carlos un palito, bribón que surca las aguas, mujer a proa, mujer a popa, la moral es palabra para la plebe nada más. Misas con entrada bajo palio la debilidad de los tiranos. Stephen suda hastío de calefacción y radiador de agua caliente, la clase reclama su atención, ahí va, queridos alumnos un último ejercicio que nos sirva para ser sin estar, versión larga:

I am, You are, He / She / it is, We are, You are, They are

O version más corta, para andar por casa desnudo y sin reparar en más, como prefiráis, en el elegir está el libre albedrío escondido:

 I’m, You’re, He’s / She’s / it’s, We’re, You’re, They¡re

Stephen finaliza la clase sabiendo que solo el lenguaje le salva de sí mismo en la misma medida que lo condena a un uso vulgar y devaluado para hacerse entender, infierno hell, Wilde, Shaw, Joyce, Beckett, yo soy, tú eres, él ¿es?, las palabras como lágrimas desprendidas de una lámpara que aportan claridad a su oscura soledad, las acaricia con cuidado, las frota aladinescamente, las exprime zumo desayuno y café, las inventa mago contratado fiesta para infantes, las insufla Prometeo condenado y, como siempre, las instala en su cabeza por si encuentran algún pensamiento donde establecerse.

Apaga la luz, cierra la puerta, camina por el pasillo, persigue ecos. Como todos.

(Crónica de la sesión Joyce-Ulises correspondiente al jueves 17 de noviembre de 2016)