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EL EFECTO VENTURI

Si el miércoles no hubiéramos charlado…

 

Estrechamiento. Presión. Velocidad.

Va a sonar raro. Quizás, incluso, no se me crea. Fue así. Un vibrador. Sí, ese fue el regalo que me hicieron cuando me echaron de aquella empresa.

Ocurrió tal y como voy a contar.

Había firmado el finiquito hacía pocos minutos. En Recursos Humanos me señalaron la puerta. No me dijeron nada más. Puede que se quedaran con ganas de hacerlo. Incluso, insultarme. Ya se sabe cómo funciona esta gente que se encuentra tan ligada a los círculos del poder laboral. La ansiedad los colma. Se creen que son, pero no lo son. Están tan cerca de las alturas que su mente se despeña altiva y altanera contra aquellos que no están dentro de su espacio privilegiado. Llegué hasta mi mesa, mejor dicho, mi exmesa. Recogí mis pertenencias. Los ya excompañeros seguían mis movimientos y miraban sin ningún reparo y de forma descarada lo que hacía, como si yo les importara nada o menos que nada; para ellos, mentes preclaras, era un algo que pertenecía a un pasado resuelto.

No supe qué decir.

Pero esto me pasa tan a menudo que no lo tuve en cuenta, me resultó hasta anecdótico. Se levantaron dos o tres de ellos y vinieron hacia mí, su mirada tenía una fijeza extraña. Me dieron una caja de tamaño mediano, envuelta en un papel de regalo rojo. Así que sabían, antes que yo, que la empresa me iba a echar. Es curioso constatar cómo funciona el tejido laboral. Fui el último en enterarme. Si te paras a pensarlo, la muerte puede que sea algo así. Poco a poco se fueron acercando todos los demás y me rodearon. Un papel para envolver que se veía a las claras que habían comprado por compromiso, de forma rápida, sin gusto, y en cualquier lugar. Sonreían. Lo abrí allí mismo. Miré el contenido. Esperaban mi reacción. Las emociones no son mi fuerte. Algunos me dieron una palmada en la espalda, otros, los más, se decantaron por una mirada cómplice. Luego, risas; al principio, disimuladas y, poco después, abiertas y sonoras. ¿Se alegraban de mi marcha? Por qué. ¿Mala gente?

No aguanté mucho más, me fui. Que no esperaran nada de mí. Nada.

Una polla de látex descomunal. Desproporcionada, pilas aparte. Vaya ambiente laboral. Gente muy preparada. Envidiables en sus amplios conocimientos. Capacitados hasta la saciedad. Títulos de todo tipo, másteres de cualquier factura. Teóricos en busca de una teoría. Pero acerca de qué. Llevaban años inmersos en un aura de misterio que, al final, terminó por concederles existencia y credibilidad. No hay atracción sin enigma por resolver. Yo llegué hasta la médula. Rompí sus rutinas de aparente comodidad. Algo accidental. Fue con motivo de una sustitución. Un empleo para sumar puntos cara a una hipotética oposición. Objetivo esencial, según contrato firmado, “concretar las interminables divagaciones de los empleados dedicados a la Teoría, un personal que, a partir de ahora, y en todo a lo que se refiere a este contrato, designaremos como ‘los teóricos, investigadores de Teoría’…”. En el horizonte, una urgencia: había que cumplir unos mínimos resultados, preestablecidos de antemano, derivados de subvenciones recibidas. Mi tarea no sería nada gratificante. Mi antecesor lo padeció en sus carnes. Abandono por depresión. Parecía necesario que retuviera conmigo este dato si no quería vivir idéntica experiencia.

¡Abandono por depresión!, no se me olvidaría.

Ya sabemos cómo funciona esto. Primero lo demostrado. Y desde ahí, desde el dato seguro y contrastado, a lo improbable, a lo que todavía se desconoce. Luego, unirlo por esa parte en la que encajan los datos unos con otros perfectamente, eliminando lo aleatorio y excluyendo toda subjetividad y capricho. Adiós intuiciones, adiós presentimientos. No soy ningún iluminado, pero sabía perfectamente que para hacer bien este trabajo tenía que huir de cualquier intento de elevación que pudiera apartarme de lo más terrenal. Exclusión de la vanidad. Tiré de manual. Pasé una circular en la que, entre otras cuestiones, me presentaba a los teóricos, investigadores de Teoría, les explicaba quién era yo y qué pretendía, pedía su colaboración, y, además, emplazaba a la totalidad de los destinatarios y destinatarias a la contestación de un fácil cuestionario cuyas respuestas harían posible que mi trabajo fuera eficaz y, en consecuencia, de la misma manera, contribuyera a que el suyo, en un futuro cercano, fuera más eficiente.

¿El regalo endemoniado que me hicieron era una metáfora o el resultado de una concienzuda teorización psicológica de mi persona? Esto último me preocupaba. Habían detectado alguna falla, grieta o agujero negro en mi armazón psíquico.

Cuántas variantes surgieron a raíz de la encuesta. Cuántas inquietudes planearon sobre el tranquilo ambiente laboral. Forzamientos. De todo tipo. Notaba la presión sobre mi espalda, aparecieron mensajes en contra. El váter recogió la mayoría de ellos, una muestra: «J. ─ese, soy yo─, olvídanos y métete en lo tuyo, capullo», (¿qué era lo mío?, no me ayudaban con sus rimas fáciles); «administrativos-encuestas: carroña laboral!», (qué despectivo sonaba ese “administrativos-encuestas”, ¿era yo un administrativo nada más?, y además, horror, faltaba el signo de admiración inicial), «chúpame el culo» (este mensaje como se puede apreciar era algo indefinido en cuanto a quién iba dirigido, yo entendí que era para mí, ¿complejo de culpabilidad?). Descubrí que los teóricos, investigadores de Teoría, no estaban reñidos con la vulgaridad. Desde su pedestal, claro está. Más datos a tener en cuenta.

Resumiendo: cuando el ambiente se enrarece, la comunicación se torna imposible.

Comenzaron los desencuentros, ellos, los teóricos, investigadores de Teoría, se aferraron a la parte más etérea y menos comprensible de su trabajo y yo, por mi parte, a la seguridad de una Estadística aplicada que aunaba experiencia y necesidad de cambio. Confiaba en cumplir mi trabajo hasta el final. Pero varios días después ninguna encuesta había sido entregada. Seguí los canales pertinentes y consulté con la dirección. ¡Me apoyaron sine díe! Me quedaron dudas, qué pasaría si llegaba el “díe” y nadie me avisaba de que había llegado. Se puede suponer: no dije nada.

Dónde estaba el libro de instrucciones.

Porque me supongo que un aparato tan sofisticado tendría el correspondiente prontuario de buen uso y correcto mantenimiento. Un fabricante no se puede arriesgar a una demanda así como así. Un usuario, tampoco. Si te descuidas en su uso, por desconocimiento o por imprudencia, puedes acabar en las urgencias de un hospital de la mano de una historia inverosímil que intente justificar tu anómalo proceder. Sí, ahí. Una hoja. Un doblamiento casi perfecto. Varios idiomas. Algún que otro dibujo aclaratorio. Los teóricos, investigadores de Teoría, estaban divididos por grupos y no por secciones, cada grupo llevaba un proyecto concreto e independiente del resto, los proyectos eran letras mayúsculas asépticas e innominadas. La suma de todos ellos tendría que haber constituido el grial de la santísima Teoría. El alfa y el omega. El aleph y el tav. Pero no era así, claro. Departamentos estancos, sin comunicación entre ellos. Avances mínimos. La especialización aturde las mentes. Da seguridad a las manos, pero enturbia el pensamiento. Lo sabe todo el mundo, pero se sigue repitiendo una y otra vez. El taylorismo antes del fordismo, la Historia ya había tratado este tema así que no me extiendo al respecto. Dentro de mis competencias, apreté las tuercas, pasé un memorándum recordatorio donde exhortaba a recibir las encuestas debidamente cumplimentadas en el término de un plazo más que prudencial. Adujeron que el secretismo formaba parte de la labor de investigación teórica. Que la encuesta era una intromisión inaceptable. ¿Sabían hacia dónde iban?, ¿sabían lo que querían? Ni siquiera se lo preguntaban, su mundo era una muestra de lo que significa una teoría perfectamente construida. ¿Necesitaban ayuda?, ¿lo reconocerían?

Era de color azul. Un azul violento, eléctrico. El interruptor sutilmente escondido. Tenía la belleza intrínseca de lo oculto, del tabú y de lo desconocido. Un prodigio de aerodinámica sensual creado para la penetración.

La pregunta que levantó más ampollas era de corte sencillo:

¿Encuentras placer en lo que haces?

¿Tendría que haber sido más extensa?, ¿más explícita?, ¿incluir algún ejemplo? No entendía nada, ¿qué es lo que tanto molestaba?, ¿o es que acaso en una estructura empresarial moderna no es obligatorio saber si tus empleados, los teóricos, investigadores de Teoría, están a gusto o no? Era de libro. También ellos, los teóricos, investigadores de Teoría, se podrían haber dirigido a mí, pedido aclaraciones al respecto. Nunca me negué a dar explicaciones. No hubo ninguna posibilidad. Los teóricos, investigadores de Teoría, decretaron el silencio activo. El más agresivo de los silencios, el que te aísla por completo. La situación se volvió angustiosa. Paralizaron su trabajo aduciendo ¡agresión manifiesta! y ¡atentado intencionado contra su hábitat! La tensión crecía. Unieron todas las encuestas, sin orden alguno, sin colocación previa, y las tiraron al contenedor de lo orgánico, si al menos hubiera sido al del papel se podría haber entendido como un gesto positivo. Todo vino rodado. Dentro de esta dialéctica enconada solo quedaba por descubrir dónde se hallaría el eslabón más débil. La dirección, clarividencia incluida, lo tuvo claro, llegó el día de la desaparición del “sine”. Lo decidieron por su cuenta. ¡Eran y son la dirección!

¿Dejarlo en la caja?, ¿mostrarlo?, ¿aplicarlo?

Más o menos, siempre ocurre de la misma forma, hay un momento, un instante de lucidez en el que te das cuenta de todo con una claridad que hasta ese momento te había sido negada, y justo a partir de ese instante todo es distinto. Pero esto vino después. Me habían echado, qué hacer. Salí a la calle. Recorrí acera tras acera. Los semáforos, de forma extraña, fueron más verdes que rojos. Detecté miradas amables. Tropecé con frases de disculpa. Algún saludo ocasional por parte de gente desconocida. Ocurría todo de forma tan vertiginosa: Fui consciente de que mi tiempo estaba pasando. Y salí corriendo. Todo lo que mis piernas fueron capaces. La caja y yo. Formando un conjunto inseparable. Llegar a casa tuvo un punto de liberación. El encuentro con lo tangible más cotidiano. Allí las cosas fueron diferentes. Alejado de la rigidez de las hipótesis, aliviado de la pérdida de la suposición fácil y ajeno al enredo que llevan consigo las conjeturas mantenidas. Una bebida estimulante. Dividir su contenido en múltiples sorbos. Uno. Otro. Otro más.

El vibrador fuera de la caja, tentación de lo oculto que vive en nuestro interior. El vibrador sobre el aparador restallando sus potenciales ondas en busca de piel. El vibrador repitiendo incansable el mensaje de un posible placer que alivie la soledad.

En uno de los lados, pegado con celo, un sobre pequeño y dentro una dedicatoria:

“Para J:

Solo dentro de ti el dolor oscuro, la frustración del conocimiento, se convertirá en placer luminoso, no pares nunca, mantenlo en tu interior, deja que gire y gire, no lo dejes salir.

Fdo. Los teóricos, investigadores de Teoría”

Qué hijos de puta: ¿habían contestado por fin a mi pregunta?

Qué hijos de puta: ¡me veían como a un igual!

Qué hijos de puta: ¿me querían?

Anagnórisis. Pues aquel que mirándose a sí mismo busca la redención en el otro, ese será a quien debas seguir. Me invitaban a ser uno de los suyos. Y solo tras sus pasos inextricables hallarás el consuelo que la luz no otorga a aquellos videntes, los otros, que ciegos se niegan a ver. Todos teóricos, todos sabios. Ese era el destino al que sutilmente me citaban. Abrazados al reflejo lóbrego de las palabras. Perdidos en los pasillos sin salida del laberinto de la mente. Enganchados a la grandilocuencia de un discurso elitista como única salida. Solos y únicos.

¡Todos parásitos e inútiles!

Una pequeña duda vino hasta mí: ¿a lo orgánico?, sí, ¡a lo orgánico!

Todo lo demás, Realidad y Voluntad.