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CRÓNICA DE LUIS VINUESA (SESIÓN DEL JUEVES 23-11)

BROCHAZOS

 

Revolviendo las etiquetas y eligiendo dos al azar, podemos estar seguros de que tendrán siempre tres puntos comunes. (Winckler)

Primera etiqueta: café de los Austrias.

Segunda etiqueta: tertulianos dentro.

Primer punto en común: guindillas.

Segundo punto en común: Simon Dedalus.

Tercer punto en común: ojos.

Aglutinantes: prolepsis retrospectiva, intertextualidad hispano-irlandesa, descripción y enumeración.

Cascos de acero galvanizan con cerebros de hojalata, nuestra armadura recibe una guindilla por donde el espaldar pierde su nombre. Han sido colegas de quienes en la siguiente reunión, la del año pasado por las mismas fechas, ocuparán nuestro sitio en una suerte de analepsis futura y picante, pura ponzoña para nuestro don Quijote que cayó por las escaleras. Ah, pero gracias a las artes de un nigromante metalero, sube más bruñido, más gorda la coraza, más acorazada la gordura contra los infames. Es ahora el caballero Buck Mulligan, buena gente de Erin, fecundador de dueñas, profeta de la calipedia hispano-irlandesa y que se apiada (quark católico) de nosotros. ¿Cómo abandonarnos a nuestra suerte en la vieja Europa? ¡Música para la literatura! Lo acompaña Simon Dedalus: el pianista, claro. Como sirena joyceana, puede interpretar lo que quiera en ese piano de teclas almenadas como torres de ajedrez en relieve. Y así lo hace, lo que le viene en gana: Tristeza de Chopin, Traumerei de Schumann, Sueño de amor de Liszt, Sonata Nº 16 de Mozart, Para Elisa de Beethoven.

Al terminar su repertorio, los ojos de los tertulianos corresponden a los ecos que, lejanos se funden, dentro del cuenco metálico donde le echamos unas monedas: seis monedas de un euro, siete de cincuenta céntimos, siete de veinte, ocho de diez, seis de cinco, total: ¡yo qué sé!, yo soy español… nunca le transferimos la identidad de las pesetas a los euros. Si al menos hubieran sido cauríes, nos hubiéramos dado cuenta de la autoestafa que empezaron los de los bares y las panaderías. Las instrucciones de uso de

la vida nos las aporta un francés, ¿pero saben ellos contar, si cuando llegan a sesenta su sistema decimal se vuelve vigesimal?

Vuelvo a enfocar: ojos por fin desestresados, ojos que han visto teatro, ojos poscomida entre amigos, ojos de Bolaño, ojos que pueden leer a Baudelaire, ojos de ingeniería guionista, ojos parisinos, ojos de gema gin-tónic, ojos oceánicos, ojos de literatura politécnica.

Los míos se desabrochan: uno hacia la descripción, otro hacia la enumeración buscando al pintor de la casa de Simon-Crubellier, en busca del pintor de pincel fino de los en-seres anima-dos.