CAPÍTULO 4


Mi madre caminaba de puntillas por el silencio y la discreción. Que se llamaba Dolores lo supe pasado el tiempo, para mí, simplemente, era “mamá”, con cariño y, para todos los demás, Doña Lola, con deferencia y respeto.

            En su horizonte no existía otra cosa que su familia, su marido y sus hijos, anteponía nuestro bienestar a cualquier otra cosa, quería a mi padre de forma especial, habían unido sus destinos y ella era la encargada de que no se separaran nunca, cualquier acto, incluso los más cotidianos, lavar, planchar, cocinar o limpiar la casa, no tenían otro objetivo que el que su unión se mantuviera firme, sentía especial orgullo de su familia. En los momentos de tranquilidad, cuando hacíamos los deberes y mi padre leía el periódico o escuchaba la radio, ella lo miraba de forma furtiva, como si no quisiera que nadie se diera cuenta, y lo hacía como apurando el conocimiento de su rostro, descubriendo cualquier posible señal de inquietud o malestar que precisara de su intervención o de su ayuda. Mi madre era una mujer feliz que pensaba que el mundo se reducía a las cuatro paredes de nuestra casa, desde su punto de vista, no había nada que mereciera la pena que no fueran su amado Paco y sus queridos hijos. Y a ello se entregaba en cuerpo y alma, desde que se levantaba hasta que se acostaba, siempre la primera, siempre la última.

Mi madre no poseía una belleza deslumbrante que llamara la atención en exceso, pero sus rasgos sencillos, nada destacados, casi comunes, poseían un algo extraño, la dotaban de una serenidad que llamaba la atención de aquellos que la conocían por primera vez; transmitía su persona y su trato dos sensaciones difíciles de conjugar: confianza y distancia, no conozco a nadie que se encontrara a disgusto en su presencia y tampoco a nadie que se confundiera con cualquiera de los mensajes que ella emitía, es como si la primera vez que la vieras ella te diera las claves con un mensaje nunca emitido, pero muy claro: «aquí tiene usted mi sonrisa, si quiere compartirla, encantada, pero no espere otra cosa que buenos modales y trato educado, usted verá lo que hace».

Ella conocía todo sobre mi padre, pero a nosotros nunca nos contó nada, esquivaba todas nuestras preguntas al respecto, fue necesario que, pasado un cierto tiempo, nos enteráramos por otras personas de su pasado. Se conocieron como sin querer ─esto sí que nos lo contaba, no ponía ningún reparo, lo hacía con palabras vivas y el brillo encendido de sus ojos─, ella estaba convencida de que el destino había jugado a su favor para que se produjera aquel primer encuentro, ella iba a llevar un encargo, en aquel tiempo trabajaba de costurera en una sastrería del centro, él caminaba la acera porque no sabía dónde ir y no podía estarse quieto, en esa época carecía de empleo, «pero vuestro padre es muy trabajador, no os vayáis a creer, lo habían señalado». Cuántas veces me quedé con las ganas de preguntarla qué era eso de “estar señalado”, pero no lo hice porque al oír a mi madre sentía que el cariño por mi padre era mayor, y en mi cabeza, él crecía como un héroe que se enfrentaba a todo tipo de adversidades, y a partir de ahí, el resto se lo dejaba a mi imaginación. La narración de ese primer encuentro entre mi padre y mi madre era siempre la misma, en el tiempo que yo pude oír la historia mi madre no cambió nunca ningún detalle, ella lo vio primero, y a continuación lo describía: con su pelo corto y cortado a navaja, peinado hacia atrás y sin raya, el gesto serio y la mirada concentrada, paso firme y un traje gastado, pero limpio, una camisa blanca con los picos del cuello levantados y una corbata azul con el nudo un poco suelto, tuvo que pararse sin saber por qué, no podía dejar de mirar su rostro recién afeitado, el encargo se le cayó al suelo como si las fuerzas le hubieran abandonado y entonces él reparó en ella y se agachó a recogerlo, se levantó y en vez de ofrecérselo la miró en silencio y a los ojos, profundamente, y, al cabo de un rato, él le dijo, «me llamo Paco» y ella solo acertó a contestar, «y yo, Lola», y en este punto siempre acababa su historia, se levantaba rápido, hacía como que tenía que solventar algo urgente y se marchaba feliz.

Esa era mi madre.


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