CAPÍTULO 10


«Si miras al cielo y no está la Luna, preocúpate», esta voz era la del señor Luciano, un hombre sin edad que parecía haber nacido ya viejo y que se sentaba o le sentaban todas las mañanas del año, hiciera frío o calor, a la puerta de la casa de su hija con quien vivía y que, después de fumar unos cuanto cigarros, se ponía a hablar hubiera gente o no, yo lo escuchaba porque sus palabras encerraban misterio y porque de vez en cuando me preguntaba cosas que nadie hacía: «Y, tú, chaval, qué, ¿has sentido ya las mareas en tu cabeza?», la mayoría de las veces respondía con un encogimiento de hombros, había palabras cuyo significado me era desconocido y no entendía, no me importaba y a él parecía que tampoco, a veces me quedaba haciéndole compañía porque era el único que me llamaba por mi nombre, no empleaba el diminutivo nunca, yo me sentía mayor: «Roberto, ¿has soñado con árboles donde subes y te pierdes?; en cuanto lo hagas, cuéntamelo», y se echaba a reír, tenía una risa limpia, no se reía de nadie como hacíamos nosotros en el colegio o en la calle, se reía de algo que solo él sabía y llevaba en su interior; un día me dijo que para llorar era preciso saber reír y que no me olvidara nunca de que no se puede morir nunca del todo porque siempre nos queda algo por hacer; le he hecho caso en todo.

Decía mi madre que el señor Luciano hacía mucho tiempo había sido catedrático de algo que no había oído nunca, una palabra muy rara que no entendí, que era un hombre muy sabio y que no sabía cómo tenía todavía ganas de reírse porque la vida lo había tratado muy mal, luego se callaba y no decía nada más, pero un día hablando con mi padre le dijo que ella creía que se estaba volviendo loco. Mi padre se quedó callado, como si no pudiera hablar, y yo pensé en Ramón, el hombre de los cartones, estaba en mi camino hacia el colegio, pero mi madre no me dejaba hablar con él y yo, alguna que otra vez, me detenía un rato y le observaba desde lejos, normalmente, Ramón gritaba a los que pasaban por su lado y si le respondían los insultaba y amenazaba con una garrota larga y curvada; se desvivía por un gato tiñoso que se acurrucaba bajo su pantalón y había construido una caseta en un solar vacío y abandonado, había utilizado todo tipo de materiales de desecho, pero más que nada cartones, había veces que cantaba una canción, tarareándola o a gritos: «Dichoso aquel que tiene la casa a flote», y ahí se quedaba y no continuaba, nunca lo hizo, yo al menos nunca lo escuché, sino que lo repetía de continuo, y a mí me parecía que estaba muy bien y que venía que ni a propósito, aunque de vez en cuando cambiaba la frase y se soltaba con un «oliendo a brea, oliendo a brea» que me hacía reír porque no parecía tan apropiado; no sé qué pudo pasar, si se cansaron los vecinos o lo denunció alguien a quien amenazó, pero lo cierto es que un día vino la policía y se lo llevó, él gritaba contra todos y a los policías los llamaba hijos de puta mientras luchaba por soltarse, al final, arrastrándolo lo introdujeron en un coche, un vecino que estaba a mi lado dijo: «¡pobrecillo, está completamente loco!»

El primer día que me topé con el señor Luciano, antes de que él dijera algo, le pregunté si la policía lo iba a detener como a Ramón, él me miró como nunca me había mirado, dejó rápidamente el cigarro que estaba a punto de encender y me dijo con una voz rara que no parecía la de él, que por qué iba a venir la policía a detenerlo; no sé, le dije, pero si usted quiere yo me quedo aquí para ayudarlo; ayudarme a qué, me respondió; a que no lo detengan, con Ramón pudieron porque estaba solo, pero si somos dos, seguro que no pueden; y a Ramón por qué se lo llevaron; pues porque estaba loco; y tú crees que yo estoy loco; eso dice mi madre; y él no dijo nada, solo sonrió, sacó el cigarro de nuevo y se lo puso en la boca y con un mechero de gasolina lo encendió; mira tú que olían mal esos mecheros, seguro que era el único del barrio que todavía lo tenía, ya nadie los utilizaba; ese día ya no dijo nada más, no hizo otra cosa que fumar, mirarme y sonreír. Después de un rato con él, los dos callados, me fui, estaba seguro de que no me necesitaba, él solo podía hacer frente a cualquiera.

 Un día mi madre le dijo a mi padre que el señor Luciano había muerto, que le habían fallado los pulmones y que el médico no pudo hacer nada por él, mi padre dejó de comer, tiró la servilleta sobre la mesa y se levantó, se marchó al salón y se sentó en su sillón, cerró la puerta y no dijo nada más. Cuando volví del colegio fui hasta la casa de Luisa, así se llamaba la hija del señor Luciano, y llamé a la puerta, me abrió una mujer joven que no conocía, iba vestida de luto y me dijo que qué quería; pregunté por Luisa; ella me miró y por un momento no supo qué hacer; insistí, ¡dígale a Luisa que quiero hablar con ella!; ella se giró y volvió al interior, al cabo de un rato salió la hija del señor Luciano, había llorado, tenía los mismos ojos que se le ponían a mi madre cuando volvía del cementerio, y parecía cansada: «¿qué quieres, Roberto?, mi padre ya no está»; no dije nada, de repente, no sabía qué decir; «¡anda, pasa!», terminó por decirme; fui detrás de ella, me llevó hasta una habitación llena de libros, me dijo que me sentara, que si quería un chocolate calentito, asentí, nunca había visto tantos libros juntos, las baldas estaban un poco combadas, pero aguantaban bien, la estantería cubría dos paredes por completo y más de la mitad de una tercera que era donde estaba la puerta, solo quedaba libre la parte de pared donde estaba la ventana que daba a la calle; la librería había sido fabricada en madera de nogal tintada de nogalina, lo sé por el color oscuro, yo le había oído decir muchas veces a mi padre que era la madera más dura, que costaba trabajarla, pero que una vez se consiguiera preparar, el mueble duraría más que el propietario, una vez más mi padre tenía razón; en algunos estantes había objetos diversos, tinteros de cristal, cofres que parecían de plata y, también, bolígrafos y plumas que parecían antiguos, algunos marcos con fotos, seguramente de su familia aunque en ninguna de ellas aparecía el señor Luciano, debajo de la ventana había un escritorio fabricado en la misma madera que toda la librería, cuatro o cinco folios sueltos y una silla con un cojín gastado, era su habitación, me volvió a pasar lo que me ocurrió con la silla, llegaron las voces, noté cómo los libros querían hablar, en muchas lenguas distintas, con tonos graves, delicados e incluso intrascendentes, recitaban, declamaban, leían su contenido y yo no podía escuchar todo, me aturdía tanta palabra desordenada y descontrolada, quería irme de allí, me superaba, Luisa llegó con una taza y un plato, pero yo no podía quedarme, me dolía la cabeza, Luisa, le dije, me tengo que ir, todo me habla; y ella me miró complacida, como si hubiera escuchado esas mismas palabras antes y no se enfadó y no me regañó sino que se volvió y de un cajón sacó una fotografía donde estaba el señor Luciano rodeado por un grupo de niños: «toma, dásela a tu padre, él reconocerá a los que están con mi padre, dile, que de vez en cuando, se quedaba tiempo mirándola, le gustaba, venga, vete».

Cuando volví a casa esperé a que llegara mi padre, no le dije nada de lo que Luisa me dijo, pero le di la fotografía, él la miró y se quedó callado, al poco, se levantó y le dijo a mi madre que se acostara, que volvería tarde, que marchaba de nuevo al taller.

Cuando nos levantamos por la mañana, mi padre todavía no había vuelto, mi madre no dijo nada, desayunamos en silencio y me dijo que me fuera para el colegio, me pasé antes por el taller, allí estaba mi padre, trabajando sobre una plancha de madera de roble, en silencio, sin apercibirse de nada ni de nadie, los oficiales y los aprendices a su alrededor, todo el taller en silencio observando lo que hacía; nunca le había visto así de concentrado, salvo cuando le mostraba a alguien cómo había que hacer un trabajo; los oficiales más viejos dijeron que estaba haciendo una “lápida” —yo no sabía qué significaba esa palabra, pero no me atreví a preguntar—, había dado forma a la madera y había grabado el nombre y los apellidos del señor Luciano, la fecha de su nacimiento y la de su muerte, y debajo, de forma rápida y con seguridad, estaba tallando algo, su cuerpo nos tapaba lo que ponía, cuando se retiró pudimos ver el mensaje:

Miró en el tiempo el porvenir vacío,

Vacío ya de ensueños y de gloria,

¡Y se entregó a ese sueño sin memoria,

Que nos lleva a otro mundo a despertar!

¡A MI MAESTRO,

UN MAESTRO REPUBLICANO!

La dejó en basto, no la lijó y tampoco la barnizó; la envolvió en papel y la guardó en una bolsa de tela, luego, se dio la vuelta y salió de la carpintería al mismo tiempo que le oímos decir «¡Ojalá, pueda descansar, maestro!»

Cuando salió mi padre, los obreros decían de todo, que de dónde había sacado lo que había escrito, que era raro, otros, que no le dejarían colocarla, que seguro que tendría problemas y que a ver si lo iban a detener, y otros, que había hecho bien y que así teníamos que hacer todos, aunque, el resto, la mayoría, asentían en silencio a la vez que marchaban detrás de él para acompañarlo al cementerio…

Yo me marché del taller, tenía tantas cosas que preguntar a mi madre.


Tu opinión importa

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s