CAPÍTULO 12


El día del eclipse no pasó absolutamente nada, nos habían dicho que pasaría de todo, que se acabaría el mundo, la vida y la carpintería.

Yo creo que mis padres ni siquiera se enteraron de que ese fenómeno iba a ocurrir, al menos en casa no me dijeron que tuviera cuidado con él, y eso que mi madre siempre me estaba advirtiendo contra todo; por otra parte, quienes lo sabían, cuando llegó el momento, o se olvidaron por completo de él porque estaban enfrascados en sus propios quehaceres o les pareció que un poco de oscuridad no cambiaba nada de lo que llenaba un día cualquiera; yo miré hacia el cielo mientras el sol desaparecía poco a poco, me puse un cristal ahumado tal y como dijeron mis amigos que había que hacer para que no se dañaran los ojos, la gente pasaba por mi lado como si tal, al poco, un compañero me dijo algo de jugar al fútbol y yo asentí, las sombras y el balón rodaban a la misma velocidad, lo demás fue olvido e indiferencia.

Pero de vez en cuando me acordaba de aquel momento en el que sin saber por qué el día y la noche se hicieron amigos y no pasó absolutamente nada.


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